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Lleyton Hewitt forma parte de la historia del tenis. Ganador de Wimbledon en 2002, Hewitt ha sido un tenista precoz. Suyo es el récord de victoria juvenil. Sucedió en 1998, cuando se hizo con el torneo de Adelaida. Apenas tenía 16 años. Poco después sería número uno del mundo. El australiano sigue paseando su caché, pero el tiempo pasa. Tiene 29 años. Joven para la vida. Veterano para la pista. Y la pista de su veteranía es su trayectoria presente. Eliminado del Godó a las primeras de cambio. Su sitio está en la historia. Los ecos de nuevas promesas resuenan en el infinito reclamando su destino.
Hewitt se deshizo con apuros del turco Marsel Ilhan. El vaticinio de lo que ha sucedido después. El argentino Eduardo Scwank ha eliminado al australiano del Godó. Hewitt ha plantado cara, y Schwank ha tenido que esmerarse durante una hora y 44 minutos para noquear al ex campeón. Cuesta renunciar a la corona. Es complicado mantener la dignidad ante el galope de la edad. Pero Hewitt puede estar tranquilo. La historia le recordará como el gran campeón que fue. En otro momento, a otra hora. Los tiempos pretéritos son su legado. El presente, un azote que le avisa de que todo acabó. Pero el recuerdo de Hewitt permanecerá.








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